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Christine Lagarde impuso un estilo diferente durante sus cien primeros días al frente del Banco Central Europeo (BCE), mientras busca una salida a la crisis de gestión de la zona euro.

«No soy una paloma ni un halcón» y «mi ambición es ser un búho», al que se asocia con «cierta sabiduría», declaró la francesa en diciembre para definir su perfil.

La antigua directora gerente del FMI quiso distanciarse del clásico debate de los banqueros centrales entre los partidarios del apoyo al crecimiento y los defensores de la ortodoxia monetaria. Un tira y afloja que desgarra al BCE desde su creación hace 21 años.

Este sábado supera los cien días a la cabeza de la institución encargada de pilotar la zona euro. Puede presumir de haber evitado enfrentamientos y errores. Quiso ser lo más consensual posible.

El ministro de Finanzas alemán Olaf Scholz con Christine Lagarde en Bruselas (Bélgica) el 20 de enero de 2020
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Se vio obligada a ello: heredó un banco central dividido como nunca entre partidarios y opositores de las medidas excepcionales tomadas por su predecesor italiano, Mario Draghi, para respaldar a una economía tambaleante.

Los primeros creen que la cura ha permitido sacar de apuros a la Eurozona. Los segundos estiman que el BCE se ha alejado de su función, que consiste en controlar la inflación, para malgastar el dinero público y dar mal ejemplo.

Para arreglar las cosas, Lagarde invitó a mediados de noviembre a todo el órgano directivo del BCE a un retiro en un palacio cerca de Fráncfort.

Su método es «mostrar que ella escucha los argumentos de los demás en lugar de querer imponer sus puntos de vista desde el principio», señala Eric Dor, director de estudios económicos en el IESEG.

El eurodiputado conservador alemán Markus Kerber quisiera verla «emanciparse aún más de su predecesor», del que solo aplica la política de intereses bajos.

Será juzgada por «su capacidad de gestionar lo que probablemente será un lento proceso de normalización de la política monetaria», considera George Buckley, economista de Nomura.

Llegará el momento en el que haya que poner fin a la política generosa del BCE, que hasta la fecha ha inyectado casi 2,7 billones de euros en el circuito monetario.

Lagarde también lanzó un proyecto para revisar la estrategia de la institución.

Se trata de redefinir el objetivo de inflación del BCE, considerado demasiado rígido. Pero también de integrar la lucha contra el cambio climático en la política monetaria pese a no ser del agrado de los banqueros centrales ortodoxos.

Hasta el momento Lagarde «pasó más tiempo en política que en política monetaria», dijo Frederik Ducrozet, analista en Pictet Wealth Management.

Comunicación bajo control

En Alemania, la francesa debe convencer a una opinión pública escaldada con la política de Draghi, acusado de arruinar a los ahorradores por sus tipos de interés muy bajos.

Se aloja en una habitación de hotel, a la espera de mudarse, pero se esfuerza en mostrar que tiene interés en integrarse en la vida de Fráncfort. Estuvo presente cuando el alcalde expresó sus mejores deseos de Año Nuevo.

Su entorno confiesa que acude a la ópera, asistió a una exposición de Van Gogh con su marido llegado de Marsella (sur de Francia) y le gusta caminar a orillas del Meno, el río que cruza Fráncfort.

En el BCE a veces almuerza en la cantina del personal o juega al ping-pong con empleados discapacitados durante una manifestación sobre la diversidad, según imágenes difundidas en su cuenta de Instagram.

La comunicación interna también está bajo control. «Se trata de suprimir el anonimato en un foro de intranet que recoge los comentarios del personal» para evitar críticas demasiado agresivas, estima un empleado del BCE que no desea dar su nombre. «Si se levanta el anonimato, ya nadie se expresará», añade.