El creador de la informática y la computación era atleta de élite

FUENTE: MARCA

Siempre se ha dicho que el deporte tiene un valor formativo. Que la persona que hace deporte adquiere una serie de valores positivos. Lo que también sucede es que el concepto de ‘deporte’ ha variado mucho con el tiempo. 

El clásica dice que el deporte debe ser parte de la propia vida, una actividad más, el «mens sana in corpore sano», traducción romana de la concepción griega. Modernamente, el deporte es también una profesión y un espectáculo, lo que no es exactamente una evolución del concepto formativo. Del choque entre ambas visiones surgió la injusta y tramposa división entre amateurismo y profesionalismo.

En España fueron las clases ilustradas y regeneracionistas las que patrocinaron la introducción del deporte por ese valor formativo. Pero al pasar a ser también espectáculo y profesión, muchas de esas mismas ‘clases’ le negaron valor y hasta existencia, quizá por envidia. A la imagen de una persona educada, ilustrada, intelectual, no le convino durante mucho tiempo hacer deporte ni seguirlo. Antonio Muñoz Molina recuerda que muchas de las famosas ‘carreras ante los grises’ en la Universidad en realidad duraban pocos metros pues manifestantes y policías apenas aguantaban un poco al trote. Vázquez Montalbán recuerda que algunos amigos escondían la tele en un armario si a casa llegaban visitas. Y si, por broma, les citaba para cualquier cosa un día de fútbol, siempre encontraban motivo para excusarse.

Por eso, quizá, el deporte siempre ha sido una nota oculta o a pie de página en muchas biografías de personajes célebres, por importante que fuera para ellos. Y no se crean que sólo en España. Hace un tiempo se estrenó en España la película «The Imitation Game»: la historia, ya conocida de cómo durante la II Guerra Mundial se lograron descifrar los códigos de la Máquina Enigma, el impenetrable sistema de claves del III Reich, pero centrada esta vez en la persona de Alan Turing, hombre clave en el equipo.

La máquina Enigma

Quizá el británico Alan Turing no sea tan conocido como Diego Maradona, Marie Curie, Marylin Monroe, Bill Gates o Steven Spielberg como iconos del siglo XX. Su propia historia explica el por qué. No vamos a entrar en detalles de sus logros técnicos. Digamos simplemente que fue la persona clave para que ustedes y yo estemos frente a un ordenador o similar. Es el creador de los principios de la computación, del concepto y de los primeros desarrollos de la inteligencia artificial, de la programación y, por tanto, de los ordenadores.

Antes de la II Guerra Mundial ya había desarrollado importantes avances en estos campos. En la misma se le reclamó para unirse al grupo que en el entonces ultrasecreto y ahora célebre Bletchey Park trataba de desentrañar los secretos de Enigma, la impenetrable máquina cifradora que era la base del impenetrable sistema de comunicaciones secretas del III Reich. Turing, al final, ha acabado por erigirse como el rostro visible de Bletchey Park y, en realidad, no es para menos: consiguió primero concebir y diseñar las ‘Bombas’, dispositivos electromecánicos que conseguían analizar los millones de combinaciones que a su vez podía realizar Enigma, y luego el Colossus, una suerte de ordenador que refinaba el proceso. Los detalles técnicos son materia de otro tipo de textos, pero son fascinantes.

El general Guderian en su vehículo de mando. Los soldados manipulan máquinas Enigma (Bundesarchiv)

Se dice que el trabajo de Turing en Bletchey Park logró acortar dos años la II Guerra Mundial y salvar más de 10 millones de vidas. Y también que el valor del mismo era tal que los británicos no utilizaban toda la información disponible para que el enemigo no pudiera deducir que estaban leyendo sus claves: Sólo lo hacían en el caso de que pudieran contar con otra ‘tapadera’ y aun así, en ocasiones ocultaban la información a sus propios aliados para que estos actuaran de acuerdo a los intereses británicos. Se dice incluso que algunos bombardeos sobre el propio Reino Unido no fueron evitados por preservar el secreto de Bletchey Park.

Fuera por estas, o por otras razones, el trabajo de Turing fue prácticamente anónimo, restringido solo a los círculos informáticos, durante medio siglo. Lo cierto es recibió mal pago por esfuerzos: después de la guerra casi todo el material de Bletchey Park fue destruido por los británicos. Y Turing, que hasta 1950 siguió realizando importantes avances en el campo de la computación, fue acosado por el estado británico a causa de su homosexualidad. Se le dio a escoger entre la cárcel y la castración química. Eligio la segunda. El 7 de junio de 1954 fue encontrado muerto en su domicilio: había mordido una manzana inoculada con cianuro. Se habló de suicidio, pero no se descartó el asesinato. Sólo en el siglo XXI fue totalmente exonerado por la justicia británica. Es fama que el logo de Apple Computers, la manzana mordida, es un homenaje a Turing.

La ‘máquina de Turing’, que manejaba las ‘Bombas’ contra Enigma

Sin embargo, en la biografía de Turing y en la citada película figura un detalle apenas esbozado. Turing era joven -nació en 1912-. En la cinta se le ve en varias ocasiones caminando o corriendo mientras pensaba en los problemas a los que debía hacer frente. Pero la realidad va más lejos. Turing era un ‘runner’ de gran categoria. Más aún: Turing era un verdadero atleta de élite, un hombre para el que el entrenamiento y la competición eran una actividad cotidiana, y cuyos registros aun hoy en día serían muy respetables en un atleta amateur.

Cuando Turing era adolescente, su primer día de clase en la enseñanza secundaria coincidió con una huelga de transportes: fue la primera vez que su nombre salió en la prensa, porque hizo más de 100 kilómetros en bicicleta para llegar a tiempo a clase. Durante su etapa en el Instituto Nacional de Física, mientras construia los primeros ordenadores programables, era miembro del Walton Athletic Club, y asiduamente competía en pruebas de fondo y campo a través. Acabada la Guerra, en 1946 se inscribió en el Campeonato del Reino Unido de maratón y acabó en séptimo lugar con una marca de 2.46:03, que si aún hoy en día sería muy respetable para un ‘runner’, le hubiera valido el decimoquinto puesto en el maratón olímpico en 1948. Aplicando una relación matemática, en 2012 su tiempo de 1948 hubiera equivalido a un 2:12:56, que hubiera sido para idéntico puesto en Londres 2012. Aquel campeonato era clasificatorio, por cierto, para los Juegos Olímpicos. El Dr. A.M. Turing, como figuraba en la prueba, no entró en el equipo, pero poco después en una prueba de campo a través batió a Thomas Richards, segundo en los 42,145 km olímpicos tras el argentino Delfo Cabrera.

Monumento a Alan Turing. Manchester

Dos cosas nos puede sugerir esto. Una, que aunque los logros de Turing en el campo de la ciencia fueran muy superiores a los del deporte, los conseguidos en este no son tan nimios para no ser incluidos en sus biografías, puesto que en sí mismos indican la importancia que él mismo daba a la actividad.

Otra, que se puede dudar de que hoy fuera posible alcanzar un nivel comparable al de Turing en ambos campos: el grado de especialización del deporte de élite lo hace muy difícil y de hecho quienes simultáneamente al deporte alcanzan un alto grado de excelencia profesional, son más admirable excepción que norma, con el añadido de que normalmente la actividad profesional debe quedar suspendida hasta el final de la deportiva. Es una de las cosas que se perdieron con el desarrollo del profesionalismo pero, también, de forma inevitable.

Avery Brundage, presidente del COI durante veinte años y aún recordado como «el hombre malo del olimpismo» tomaba el concepto de «mente sana en cuerpo sano» como pretexto para su persecución de cualquier deportista que se ganara un euro con su esfuerzo deportivo: en realidad, era su clasismo lo pernicioso para el deporte. Al fin y al cabo, el deporte es vida y la vida tiene muchas facetas…