Dr. Julio César Hernández C.

Los seres humanos tenemos diversidad de intereses y motivaciones sobre distintas aspiraciones o ideales y, para alcanzarlas, nos llenamos de energía espiritual, que nos permitirá junto al trazado de objetivos claros y líneas de acción concretas, la ejecución de conductas destinadas a modificar o mantener el curso hacia aquellas expectativas, para el logro de lo que nos hemos propuesto; eso sí, dependiendo de cómo sea la intensidad de la motivación social o individual, se actuará, es decir, las conductas más resueltas y duraderas en pos de un resultado, se considerarán en la categoría de los más elevados niveles de motivación, dado que la misma es considerada como un proceso dinámico e interno que cambia o varía con el tiempo y las circunstancias.

En razón de lo anterior, cabe decir que, ante situaciones sociales, económicas o políticas aparentemente idénticas, las personas muestran diversas actitudes. Unas desarrollan conductas en favor de los intereses de la comunidad o el entorno en el cual se desenvuelven; otras por el contrario calculan muy fríamente, cuál y cómo puede ser su actuación para enfrentar un problema común y cómo puede ser beneficiado o afectado. Esas últimas personas pareciera que se apresuran a marcar diferencias con las personas que muestran un espíritu solidario. Ello porque destacan sus intereses de modo obcecado o pesimista, frente a las decisiones que puedan adoptar las autoridades de cualquier organización pública o privada en favor de un colectivo.

Frente a esa clase de dilemas para un país o para cualquier comunidad, la solución está en encontrar los caminos que hagan posible el paso de una actitud a otra. Esa transición de lo general a lo particular, implica no sólo inculcar valores y principios ciudadanos, para conjugarlos en sentido positivo con el Estado a fin de conseguir niveles de calidad en la convivencia social, lo cual pasa además por insuflar motivación a la población. Esa motivación a la población dependerá en buena medida de cuáles son sus características individuales o colectivas en cuanto a sus necesidades. Surge entonces al respecto la siguiente interrogante ¿qué poder o influencia social se puede ejercer para intentar modificar o transformar los problemas que les afectan?.

La respuesta podría ser, que en una sociedad madura y civilizada, cada individuo debe saber lo que se espera de él, por lo tanto, sería su formación e intensidad del impulso interior de las personas, el que determinará la fuerza del comportamiento en cualquier campo para la resolución de sus necesidades. Es por eso que hoy en día toca al individuo ir más allá de sus obligaciones formales, no sólo por razones económicas, sino ahora también a causa de la propagación de la pandemia covid-19. Frente a esos problemas debe existir más que la simple voluntad de hacer. Al respecto resulta conveniente mantener un buen clima de convivencia a pesar de las dificultades que se puedan confrontar, con aquellas Instituciones o personas que puedan ayudar a resolver nuestras necesidades.

De otra parte, la voluntariedad para enfrentar las actuales circunstancias, no constituye una verdadera motivación. Para las comunidades, la auténtica motivación de sus miembros, debería suponer también la existencia de agradables actitudes, como: entusiasmo, participación, cohesión social, compromiso, orgullo de pertenencia y valores compartidos, como la solidaridad, la equidad el respeto y la tolerancia entre otros. De esa manera la voluntad exhibida, puede contar con una verdadera motivación al implementar estos otros sentimientos, que en todo caso son más estimulantes a la hora de enfrentar problemas comunes.

Por último, necesitamos por el bien de nuestra sociedad, que el factor motivación se suscite con vigor en los individuos, que adquieran aprendizaje o se les inculque lo útil que son los análisis mentales en positivo, cuando se vayan a realizar grandes esfuerzos en cualquier actividad; en tal sentido, tener claro, cuál sería su participación, qué creencias o convicciones razonables se tienen sobre las probabilidades de éxito en la actividad a cumplir, determinar las metas a alcanzar, así como la trascendencia de obtener un resultado positivo. Manejar expectativas factibles, nos permitirá mayores estadios de motivación social y energía en el hacer, para así poder contar con mayores posibilidades de logros y menos frustración en la gente en lo que emprendamos.

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